Emaweni webaba
Silale maweni
Webaba silale maweni
Yitho omanqoba, yitho omanqoba
Esanqoba lonke ilizwe
Kuluman
Kulumani, kulumani sizwe
Singenze njani
Baya jabula abasi thanda yo
–Qué rara es esa cosa de extrañar, cuando en medio de este invierno templado me pasa por la cabeza ponerme a pensar en que a gusto estaría el cielo azul del caribe y me entra por querer estar allá… creo que sí, me parece que estoy extrañando un poco Nicaragua. Extrañar sucede cuando la memoria no me asalta ocupada, amando esta ciudad, cuando no me vence la pasión por sus sus colores y sonidos. Alhajas y música. Es tan fácil no extrañar.
No extraño a los amigos que conocí, que siguen allá, que no dejan de estar conmigo, pero se viven los que gritan mi nombre en la calle, con los que caminan a la par, en la misma acera. No extraño mi casa que, como todas en Managua, era grande y bonita, es el mismo sol que seca sus lozas el que entra por mi ventana y cae sobre mi frente entre nubes a las dieciséis. No extraño el cielo de lluvias de monzón. Ni el suelo caliente. Ni el sonido de las hojas que azota el viento. Ni las pieles con calor. Ni los rostros negros. Ni los dientes blancos.
Se extraña, se añora, se vive en otro lugar y en otro momento… se vacía la cabeza en los recuerdos. Las tardes con la espalda contra gigantescos muros de piedra viven en tanto se revivan.