jueves, 15 de abril de 2010

Desde este mundo Ignoto I



Gudelia fue la amante de mi abuelo, la última que él tuvo antes que mi abuela falleciera. Tantos años pasaron para que el pasado tantas veces negado de mi abuelo se asumiera tal como era y se convirtiera en su felicidad real y presente. Los años que fueron de su juventud y su buen porte regresaban con Doña Gudelia. Los dos lentos, suaves, silenciosos; entregándose al cariño carente de sus respectivos años de viudez.

Sin embargo Gudelia vive en Pátzcuaro, mi abuelo en Ensenada, la felicidad es presente, la ausencia, irónicamente, también. Tan pesada se volvió la vejez que ni siquiera es posible que cuiden el uno del otro; tampoco les fue posible, al cabo de un tiempo, abandonar sus tierras aunque hayan compartido en ellas con la soledad por tanto tiempo.

Según mi papá, ella vive a una cuadra del lado izquierdo del puente de piedra que cruza el río, en una calle empedrada. El puente está a doscientos metros hacia abajo desde donde me deja una camioneta-combi que atraviesa el centro, no el centro en donde están los edificios de gobierno, sino donde hay un parque y una iglesia. Entendido esto, bajo del autobús junto con otras treinta y tres personas y con estas instrucciones en mano, pensando en otro Pátzcuaro del que en realidad estaba, uno de cuyas dimensiones ya no vale la pena escribir ¿qué efecto tendrá Pátzcuaro sobre lo que voy a escribir sobre Pátzcuaro?

–No quiero que alguien se pierda, así que bajen del autobús y presten atención, por favor- determinó Bulmaro. – Si van por esta calle, derecho van a llegar al parque, pueden visitar la catedral, el mercado de artesanías, el museo…

La cacofonía de una persona dando instrucciones que se perdían en medio de las treinta y cuatro voces.

–Regresamos a las 7·30 para que recojan sus cosas, chamarras, tripees, mochilas, ¡lo que sea! Y nos vamos para Janitzio.

Entonces la calle se llenó de jergas, muletillas, palabras y verbos. Mis palabras y verbos ya tenían dirección y significado, se preguntaban en dónde quedaba la calle empedrada a doscientos metros del parque y la iglesia, en dónde podía tomar la camioneta-combi que atravesaba el centro, en dónde quedaba el puente de piedra debajo del que pasaba el río.

–Uy, el puente de piedra.– Dejé pensativa a la encargada de la farmacia. –Es que hay un montón de puentes, el río atraviesa el pueblo.

–Disculpe.– me dirigí al cantinflas verde que tenía los pantalones a las rodillas y estaba sentado en un retrete, verde también. –¿Sabe en dónde puedo tomar la combi que cruza el centro?– Él hizo un gesto, como si estuviera mudo, si es mudo para qué me sirve, además, todos sabemos que cantinflas sabía hablar perfectamente. Tomé mi máquina fotográfica y lo amenacé, le tomaría una foto si no me ayudaba, él cubrió sus ojos. Prohibido tomar fotos sin pagar primero. Dejé dos pesos en la caja que tenía delante y su gesto sugería, ¿tacaña?. –Bueno ¿vas a dejar que te fotografíe, o qué?– Él, aunque de mala gana, accedió, pero sólo una. Finalmente me señaló calle abajo ,y calle abajo fui.


Efectivamente, la calle me dejó justo en una plaza en dónde había un parque y una iglesia, entonces ya no tenía que tomar ninguna camioneta combi, pero ¿qué tenía que ver esto con el puente, o los puentes, de piedra de los cuales hablaba la dependienta de la farmacia? Caí en cuenta que no se trataba de uno, sino de varios puentes y, de hecho, Pátzcuaro no se trataba sólo de un parque y su iglesia, sino de parques con perfectas geometrías verdes e iglesias tantas y todas bañadas por el oro del fin de la tarde. Era estúpido continuar con mi búsqueda en esas condiciones, con esas indicaciones-no-indicaciones existiendo todas esas referencias similares, igualmente deslumbrantes.

La luz de Pátzcuaro brilla en los peregrinos artesanos, jinetes, peregrinos turistas, fotógrafos. La luz en los altares adornados de maíz, rojo, amarillo, negro.

Desistí de mi propósito y continué en la descubierta silenciosa y deslumbrada de puentes y calles de piedra, de los mercados, de los rostros y las miradas.

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